13.10.10

La identidad en la época de la hiperestetización de la realidad

Abordar el tema de la identidad a partir de las imágenes supone diferentes puntos de partida. Pueden sugerirse, por ejemplo, desde la psicología, la sociología, las artes, el diseño o la comunicación. Sin embargo, personalmente, me entiendo mejor en el área de la estética y el diseño con un cierto guiño filosófico. Y es que me surge una serie de preguntas para abordar este tema ¿Qué es identidad? ¿Cómo las imágenes construyen esa identidad? y finalmente, ¿Identidad, para qué?

Para poder acercarnos al concepto de identidad es necesario entender aquello que la construye como tal; la identidad implica un lenguaje (los lenguajes) que la representa, un sentimiento de pertenencia que lo reconoce, una estructura cultural que la define y la apropia. Sin embargo no podemos decir que la identidad es una determinación estática pues entra en juego lo que Aristóteles definía como Ser en Potencia y Ser en Acto. Podemos pensar la Identidad como una transición dinámica del ser en potencia al ser en acto que se materializa en la transición de un momento al otro y esta cualidad es cíclica hasta que el ser desaparece, hasta su muerte. Aunque con razón puede decirse que no desaparece ahí, que trasciende en la cultura.

Ante esta postulación tendremos que explicar estos elementos que le dan forma y sentido a la identidad y observar el fenómeno de la hiperestetización como un modelo para la conformación de las identidades contemporáneas ligada en su mayoría a las estrategias de consumo.

En este sentido, adelantándonos bastante, la imagen sintetiza la identidad a través de los mecanismos de representación. Sintetizar parece un término fuerte si consideramos que la identidad es abierta y está en construcción continua. Entonces, ¿cómo es posible pensar la imagen en tanto síntesis de la Identidad? Cuando pensamos en el mundo o en la realidad misma parece que nuestra mente construyera una imagen, aunque borrosa, de eso a lo que nos referimos, y a pesar de ello sabemos que tenemos en la cabeza esa imagen, la visualizamos. Este proceso es el mismo que hace que “veamos” al mundo independientemente de la carga cultural que nos precede, sin embargo a pesar de que la carga cultural nos genera un marco de identidad, esta está abierta a un proceso posterior que es el del reconocimiento. Las artes, las ciencias y las mitologías encuentran formas de representación del mundo y de quienes lo hemos habitado a lo largo de la historia. El claro ejemplo lo encontramos en el arte gótico, el bizantino y demás periodos en que la iglesia definía las formas de representación del pasado histórico cristiano. Ahí las formas de representación correspondían con una manera de entender el mundo. Cada retablo, cada cuadro o fresco implicaba una síntesis que no es -ser en acto, sino hasta el reconocimiento de quien lo observa, cuando la identidad se confronta y se reconfigura.

Las imágenes son una síntesis del mundo, de su identidad y es a través de los diferentes lenguajes como que se representa, constituyendo así un archivo cuasi enciclopédico de la realidad. Ahí está la fotografía, que en gran medida reproduce al mundo, mostrándolo tal cual es (claro está que el punto de vista y el encuadre ya sesgan la visión sobre lo reproducido) a diferencia del cine y las demás expresiones artísticas clásicas, que intentando reproducir el mundo no hacen sino re-crearlo. Es así como, en gran medida, nuestra enciclopedia visual esta ligada a formas de representación que más que reproducir al mundo lo construyen. Un caso ejemplar es el del cine o mejor aún el del documental que al reconocer la imposibilidad de reproducir al mundo acepta que puede interpretarlo de otra manera dando paso al cine de No ficción. La fotografía provoca esa extraña sensación de relación directa con el mundo, con su identidad. La esencia de la fotografía es reproducir al mundo aunque su poética (su ser en potencia) radica en otra parte, en una relación de identidad diferente del de las artes en general. Radica en el congelamiento de la realidad y es en ese punto donde se funda su lenguaje. En el punto en que lo fotografiado parece despojarse de su esencia, en tal caso parece que su esencia se estatiza quedando como registro de un acontecimiento que cedió a su cualidad efímera. No estoy pensando en las fotos que nos tomamos en las fiestas o en las salidas familiares, estoy pensando en la fotografía que busca ir “más allá” aquellas que transgreden la inmediatez turística de la foto de museo. Aquellas que buscan en los límites del lenguaje fotográfico. Me refiero (entre muchos fotógrafos) al trabajo de Simon Hoegsberg, específicamente del proyecto We’re all gonna die, 100 meter of existence una imagen de cien metros de largo por setenta y ocho centímetros de alto que retrata a diferentes personas a lo largo de la calle Warschauer de Berlin. En tal fotografía vemos diferentes personas cruzando de ida o vuelta, cada uno con sus propias preocupaciones, ideas, objetivos, sueños y decepciones. Todos tan diferentes entre sí y tan unidos por el registro fotográfico. Aquí las identidades individuales se desvanecen en una paradoja inquietante, ellos, individuos reproducidos en el texto fotográfico donde, proyectando una identidad colectiva, abren sus identidades cerradas y se exponen a nuestra mirada.

¿Cómo una fotografía como esta expone lo que quiero decir? Es muy simple, si bien todo objeto artístico apunta a la polisemia no cabe duda que el lenguaje fotográfico en su cualidad reproductiva apela a la tecnificación de nuestra alfabetizad visual. El mundo es una Infosfera, dice Floridi (2005) todos los elementos en él se tamizan por la interpretación ofreciéndolo a manera de información. No es para menos, si observamos el entorno urbano está plagado de información y de imágenes de distintos tipos. El anuncio publicitario viste nuestros espacios cotidianos y es en tal fenómeno que hemos hiperestetizado nuestro entorno (nuestro mundo) de tal manera que hoy podemos leer casi cualquier imagen fotográfica en la calle y encontramos su sentido, este termina por ser apropiado por nosotros; aquello –el mundo, la realidad que conocemos es re-presentada en el entorno, en la televisión y en casi cualquier medio de distribución visual. Si al principio podríamos sentirnos extrañados por una imagen ajena a aquellas producidas en nuestra tradición, en la cultura contemporánea, se mimetizan y es cuando nosotros la reconocemos, las apropiamos. Tal reconocimiento ocurre por medio del lenguaje. Esa imagen, debido a nuestra carga cultural que ahora la reconoce, no es sino una especie de espejo en el cual nos observamos, nos reconocemos, nos identificamos.

He aquí la paradoja; el hombre ha hiperestetizado su mundo creando primero confusión, una suerte de ausencia de identidad que en un proceso de alfabetización visual lentamente reconocemos, en la medida en que lo reconocemos también lo hacemos propio pues tal reconocimiento implica un fenómeno por asirnos de eso que vemos. Ello constituye nuestra identidad tanto como nosotros (solo si participamos del fenómeno) también la construimos. Esto se da por el Sentimiento de Pertenencia, lo que Kant llamaba sensus communis y que extraigo de un ensayo de Thierry de Duve. Este sentimiento de sentirse humano apunta a la conformación de nuestra identidad y nuestro reconocimiento del Otro. El otro en diferentes niveles, el individuo a mi lado, el individuo reproducido en la imagen, el mundo como ese otro. De ahí que la presencia del otro reafirma mi sentido de pertenencia y constituye un eslabón esencial en el reconocimiento de mi propio ser. La imagen es el medio con el cual dialogo con el otro, lo identifico, pleno, abierto, ser en potencia y ser en acto, me identifico.

La cultura, explica De Duve, es el exo-cortex, esa memoria colectiva que reproduce la identidad y la recrea, en el espacio público permitiéndonos a nosotros sentirnos parte de algo, de ese grupo culturalmente definido en un espacio social. La imagen fotográfica reproduce nuestro mundo y nos reconocemos en él no solo en nuestra interacción inmediata, también en el enciclopedismo visual que hacemos de él por medio de la fotografía. ¿Quién no ha visto en Flickr esta posibilidad de identidad? ¿Quién no observa algo de sí mismo en cualquier imagen? ¿Quién, apelando a la imagen de violencia, no siente un deseo muy personal de desgajarse ante tal reproducción? Yo no se que tanto podemos pensarlo como pantalla, como ilusión. Pero de lo que si estoy seguro es que la imagen reitera nuestra identidad.

¿Cómo una fotografía como esta expone lo que quiero decir? Es muy simple, si bien todo objeto artístico apunta a la polisemia no cabe duda que el lenguaje fotográfico en su cualidad reproductiva apela a la tecnificación de nuestra alfabetizad visual. El mundo es una Infosfera, dice Floridi (2005) todos los elementos en él se tamizan por la interpretación ofreciéndolo a manera de información. No es para menos, si observamos el entorno urbano está plagado de información y de imágenes de distintos tipos. El anuncio publicitario viste nuestros espacios cotidianos y es en tal fenómeno que hemos hiperestetizado nuestro entorno (nuestro mundo) de tal manera que hoy podemos leer casi cualquier imagen fotográfica en la calle y encontramos su sentido, este termina por ser apropiado por nosotros; aquello –el mundo, la realidad que conocemos es re-presentada en el entorno, en la televisión y en casi cualquier medio de distribución visual. Si al principio podríamos sentirnos extrañados por una imagen ajena a aquellas producidas en nuestra tradición, en la cultura contemporánea, se mimetizan y es cuando nosotros la reconocemos, las apropiamos. Tal reconocimiento ocurre por medio del lenguaje. Esa imagen, debido a nuestra carga cultural que ahora la reconoce, no es sino una especie de espejo en el cual nos observamos, nos reconocemos, nos identificamos.

He aquí la paradoja; el hombre ha hiperestetizado su mundo creando primero confusión, una suerte de ausencia de identidad que en un proceso de alfabetización visual lentamente reconocemos, en la medida en que lo reconocemos también lo hacemos propio pues tal reconocimiento implica un fenómeno por asirnos de eso que vemos. Ello constituye nuestra identidad tanto como nosotros (solo si participamos del fenómeno) también la construimos. Esto se da por el Sentimiento de Pertenencia, lo que Kant llamaba sensus communis y que extraigo de un ensayo de Thierry de Duve. Este sentimiento de sentirse humano apunta a la conformación de nuestra identidad y nuestro reconocimiento del Otro. El otro en diferentes niveles, el individuo a mi lado, el individuo reproducido en la imagen, el mundo como ese otro. De ahí que la presencia del otro reafirma mi sentido de pertenencia y constituye un eslabón esencial en el reconocimiento de mi propio ser. La imagen es el medio con el cual dialogo con el otro, lo identifico, pleno, abierto, ser en potencia y ser en acto, me identifico.

La cultura, explica De Duve, es el exo-cortex, esa memoria colectiva que reproduce la identidad y la recrea, en el espacio público permitiéndonos a nosotros sentirnos parte de algo, de ese grupo culturalmente definido en un espacio social. La imagen fotográfica reproduce nuestro mundo y nos reconocemos en él no solo en nuestra interacción inmediata, también en el enciclopedismo visual que hacemos de él por medio de la fotografía. ¿Quién no ha visto en Flickr esta posibilidad de identidad? ¿Quién no observa algo de sí mismo en cualquier imagen? ¿Quién, apelando a la imagen de violencia, no siente un deseo muy personal de desgajarse ante tal reproducción? Yo no se que tanto podemos pensarlo como pantalla, como ilusión. Pero de lo que si estoy seguro es que la imagen reitera nuestra identidad.

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